En muchos sentidos Sanborn representa lo que fue el jazz fusion años ochenta. Para lo bueno, un legado innegable en la evolución del R&B y el funk, y en lo malo, una insufrible colección de baladas y tonadillas cremosas de dudosa salvación. Todos caímos bajo sus encantos, en algún momento. Y muchos se fueron bajando del barco. Sanborn, sin embargo, se mantuvo empecinado: con varios cambios de compañía discográfica y de producción musical, y serios tropiezos. Pero siempre dentro de un universo musical propio que ha dejado media docena de álbumes excelentes, y una posición de maestro del saxo alto dentro de su generación, de su estilo. Nada que ver con ese merengue de Kenny G. Ahora, se cumplen 30 años desde su primera grabación, y 60 años biológicos (difícil de creer en su aspecto físico: ¡tal vez todas las fotos de promoción se hicieron en los 90!).
Para el 2005 nos llega Closer. Trabajando para Verve, rodeado de primeros espadas como Russell Malone a la guitarra, Steve Gadd a la batería, Christian McBride al contrabajo, Mike Mainieri al vibráfono, y los pianos eléctricos de Gil Goldstein y Larry Goldings. Como es costumbre, en su política de meter canciones para ser programadas en las múltiples emisoras de jazz suave, Sanborn invita a una vocalista de tintes románticos: en este caso Lizz Wright, con la que ejecuta un cover finísimo del tema de James Taylor Don’t Let Me Be Lonely Tonight. La receta cumple con lo que se espera de él: atmósferas para cena de San Valentín, ritmillos funky para cuarentones, excelente producción y arreglos. Pero es que la colección escogida para esta entrega de la enciclopedia Sanborn de R&B está llena de curiosidades: revisitación del Señor Blues de Horace Silver, en partida doble también con Enchantment, guiño al espectacular Abdullah Ibrahim con Capetown Fringe, un saludo a la muy visitada composición Poinciana (que en el caso de Sanborn debe de ser un saludo a Gato Barbieri), e incluso a Charles Chaplin con Smile.
Lejos han quedado los años dorados del tandem irrompible que poseía este saxofonista con Marcus Miller. Ahora sus grabaciones van algo más libres y menos cargadas de cajas de ritmos mainstream. Sus baladas siguen escapándose por derroteros cremosos, pero es indudable que sus famosos sobretonos y escalas blues están en forma. Tal vez todo tenga un sabor nostálgico, o pasado de moda, pero este hombre sigue fabricando añadas de consumo fácil con un extraño encanto. Hacedme caso: ellas lo saben apreciar.