
Dicen los amantes propios y ajenos del jazz
mainstream actual que no son buenos tiempos para el género. Más allá de las consideraciones meramente comerciales (más de dos terceras partes del negocio de esta música están en manos de grandes corporaciones: en el caso del negocio total 4 empresas se llevan el 90% de la facturación) se habla de una cierta crisis de contenidos. Todo ello me suena a cantinela conocida.
A finales de los años 60, con la explosión y consolidación del pop-rock, el jazz estaba moribundo, desorientado y malconsiderado. Los grandes talentos norteamericanos buscaron refugio en Europa, en sus sellos, festivales y audiencias. Cuando muchos lograron pasar por el desierto de los años 70, algunos intentando
desesperadamente seguir la estela inconformista, eléctrica y pop de Miles Davis, y cuando en los 80 el jazz volvió a ser
cool ponerse el traje con corbata (sobre todo por el revival
talibán del clan Marsalis) la industria volvió a respirar. Todo esto, va camino de repetirse.
Últimamente pasan los meses a golpe de necrológica de maestros de la vieja generación del jazz pionero. Cierto es que muchos siguen en forma y peleones (en noviembre pasado tuvimos al eterno francotirador Ornette Coleman en Madrid) pero han desaparecido algunas de las estrellas de antaño. Quedan, como aquella otra vez, los pianistas. Siguen Keith Jarrett, Chick Corea, etc. Ellos son, por desgracia, junto con las cantantes de vino y velas, el comodín masivo del público accidental del jazz.

Pero hay vida. Es el caso de dos de los pianistas
mainstream más populares del género: Brad Mehldau (EE.UU.) y Esbjörn Svensson (Suecia). Ambos capitanean sendos tríos de formato firme y bien anclado a la personalidad de sus capitanes. En el caso de Svensson, el formato firma sus apariciones en vivo y las grabaciones como E.S.T. (acrónimo de Esbjörn Svensson Trio, pero a la vez guiño pop de intenciones de los músicos). El trío sueco lleva algo más de 15 años ofreciendo una seria alternativa a los intentos fallidos de muchos pianistas de aunar el universo del pop y el jazz, sin renunciar a las aspiraciones de un género culto por definición. En concreto, incorporar bases rítmicas binarias, casi dentro del puro rock, con aderezos electrónicos (pedales, loops, distorsiones), y a veces guiños al minimalismo o impresionismos
satianos. Todo ello con una eficacia y ánimos de diversión que les han convertido en uno de los tríos favoritos del momento, con directos imprevisibles y llenos de aquellos
solismos adolescentes de las bandas de rock, pero con tanta juerga que poco importa si en momentos la cosa está a punto de desmoronarse . Esto se puede comprobar en el doble álbum recién editado por el sello independiente ACT bajo el título de "E.S.T. Live in Hamburg".
Pero justamente ha salido también a la venta el esperado nuevo disco en vivo del trío actual de Brad Mehldau: probablemente el más importante pianista de jazz de los últimos años, por méritos no necesariamente musculares, sino precisamente por su demostrado inconformismo y garantía de experimentación continua. Digo "trío actual" porque se trata de una formación que trata de echarle el pulso al ya mítico
tres construido con Jorge Rossy y Larry Grenadier. El batería catalán fue sustituido por Jeff Ballard (con buen tino) y tras un trabajo en estudio (
Day Is Done, 2005) llegó la hora de la
reválida: el documento en directo.
Brad Mehldau Trio Live, subtitulado por los
etiquetismos de comercio como Live At The Village Vanguard, es un trabajo impecable. Más allá de las capacidades demostradas de Mehldau de adentrarse en los bosques del
pianismo más elevado (24 minutos de "Black Hole Sun"), o su tremenda inspiración para apropiarse como ninguno del repertorio pop (excelente versión de "Wonderwall" de Oasis), Mehldau es el único representante del piano jazz nutrido en la tradición y la formación de universidad que aporta nuevas luces al formato. Por arriba y por abajo. Es, lógicamente, una de las pocas estrellas del género, pero lo es además por razones de peso.