
Científicamente hablando, el solsticio es el momento en el que el sol alcanza su máxima posición boreal o meridional (esto en definición de la Wikipedia, que ya sabemos todos puede equivocarse, estar escrita por un zote, y aún así ser perfectamente útil). Con exactitud astronómica el momentito terrestre sucede cada 21 de junio, y no la dichosa noche de San Juan como muchos creen. El fenómeno tiene, obviamente, muchos más matices dignos de curiosear y profundizar, pero en términos paganos, la caída del sol en el Trópico de Cáncer (en junio) suele traer consecuencias más o menos invisibles.
Para los nacidos bajo la estrella de Capricornio (es decir, los protagonistas del otro solsticio, el invernal) junio es un momento de confusión. Con la llegada de las buenas temperaturas ya no puedes seguir escondiéndote bajo la manta o en la cueva-casa (la
batcave del Hombre Murciélago). La llamada de la sangre caliente, el ocio, el aire libre clama a pleno pulmón. Una gran parte de la vida del año se estanca, de la misma manera que sucedía cuando eras colegial. Todo se queda en pausa, o al menos en "hasta luego". Cáncer, como buen cangrejo que es tira para atrás y solo quiere estar al sol de la roca y al mecer de las olas. Inútil resistirse.
En estos días de pre-solsticio, y ahora metidos en el inmediato
post, me ha sido casi imposible avanzar en varios de los proyectos que tenía entre manos. Diera los pasos que diera, la cosa se estancaba. Como buena cabra-escorpión que soy me empeñaba en empujar... hasta que ha habido que aceptar la derrota. Que en realidad luego no lo es tanto puesto que viene bien quedarse quieto un rato.
Viene bien para observar un poco alrededor tuyo, ordenar cosas (papeles, casa, pensamientos...), mirar al techo y dejar que esa cosa rara que es pensar activamente fluya como algo natural. Y entonces los detalles cobran pleno protagonismo. La velocidad habitual de tus decisiones queda a la mitad y puedes contemplar el paisaje. El humano y el físico. Por no decir el social y político. Puedes MIRAR la vida.
No penséis que todo esto me ha llevado a revelaciones apocalípticas, iluminaciones religiosas o transformaciones metafísicas. Ojalá. Por desgracia tengo ya aprendido en mis casi 4 décadas de
patearme el globo que lo más gordo que te pueda pasar aparece siempre entre susurros. Todo esto me ha llevado a fijarme en asuntitos que me rondaban la cabeza.
Asuntos como que cada vez más esta ventana llamada Internet necesita un replanteamiento urgente de consumo y fines; pensar que todo es cada vez más pequeño y prescindible; que todo nos da bastante igual mientras no nos haga sangrar o nos deje sin dinero; que los placeres inteligentes de la vida van camino de extinguirse; pensar que la desvergüenza y la irresponsabilidad son bienvenidas mientras la honradez y la ética provocan desprecio; pensar que la Eurocopa es lo único capaz de neutralizar el Euríbor, los barriles de petróleo, el racismo, el enamoramiento nuclear, la explotación y la masacre. Pensar, queridos amigos, hace daño, pero nos hace más libres.
Por eso, al poder disponer de un poco de tiempo extra en mis manos he disfrutado de la mayor droga que existe a mano: el pensamiento. He apagado la tele todo lo que he podido, he leído y releído todo lo que he querido, he escuchado y reescuchado cuanto he deseado, he bailado, comido, nadado, pedaleado, charlado, abrazado, besado, amado, y soñado en compañía del mayor tesoro que me trae el dulce penduleo de la Tierra alrededor del sol: mi cerebro. Un órgano quizás pasado de moda pero que volverá a primera línea dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Basta que algunos recuerden como usarlo.
(no todo puede ser sólo música: espero vuestros comentarios)
www.myspace.com/miguelangelrolland